Adam Diston, Reliquen-Scotland-1891


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domingo, 10 de mayo de 2015

Liegen Lassen-dejar yacer (el Dios de Schreber sólo conoce la superficie de las cosas, no ve más que lo que ve, y nada comprende de lo que es interior)






 De izquierda a derecha: Oliveiro Girondo, Aldo Pellegrini, Norah Lange. A la derecha en primer plano, Francisco Madariaga



«La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática de cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos».


-La poesía y los imbéciles. Aldo Pellegrini -










«El texto es del Padre Festugière, muy buen escritor, y excelente conocedor de la Antigüedad griega. Sin duda el estilo algo apologético de esta introducción, consagrada a la constancia de la creencia en los dioses, está algo sesgado por su tema, a saber, que el epicureísmo se construyó por entero en torno a la cuestión de la presencia de los dioses en los asuntos humanos, porque no puede dejar de asombrarnos la parcialidad de esta reducción de la hipótesis divina a la función providencial, es decir a la exigencia de que seamos recompensados por nuestras buenas intenciones: cuando son amables, les ocurren cosas buenas. Pero, en fin, es significativo.

Sobre todo que no hay huella de ella en Schreber, cuyo delirio es en gran parte teológico, que tiene una pareja que es divina. Ciertamente, la notación de una ausencia es menos decisiva que la notación de una presencia, y el hecho de que algo no esté debe siempre, en el análisis de los fenómenos, estar sujeto a precauciones. Si contásemos con más precisiones sobre el delirio del presidente Schreber, quizá se podría contradecir esto. Ahora bien, la notación de una ausencia es extraordinariamente importante para la localización de una estructura. Entonces, señalo lo siguiente: válida o no teológicamente, no hay huella alguna en Schreber de la noción de providencia, de la Instancia que remunera, tan esencial al funcionamiento del inconsciente y que aflora en lo consciente En consecuencia, digamos, para ir rápido, que esta erotomanía divina ciertamente no debe inscribirse de inmediato en el registro del superyó.

Entonces, aquí tenemos a ese Dios. Ya sabemos que es el que habla todo el tiempo, el que no cesa de hablar para no decir nada. Hasta tal punto es esto cierto que Schreber consagra muchas páginas a examinar qué querrá decir ese Dios que habla para no decir nada, que, sin embargo, habla sin parar.

Esta función inoportuna no puede distinguirse ni por un instante del modo de presencia propio de Dios. Pero las relaciones de Schreber con el de ningún modo se limitan a esto, y quisiera poner el énfasis ahora en la relación fundamental y ambigua en que esta Schreber respecto a su Dios, que se sitúa en la misma dimensión que la de su parloteo incesante.

De algún modo, esta relación está presente desde el origen, aún antes de que Dios se haya descubierto, en el momento en que el delirio tiene como sostenes a personajes del tipo Flechsig y en primer término al propio Flechsig, su primer terapeuta. La expresión alemana que, siguiendo a Freud, voy a subrayar, expresa para el sujeto su modo de relación esencial con el interlocutor fundamental, y permite establecer una continuidad entre los primeros y los últimos interlocutores del delirio en la cual reconocemos que hay algo en común entre Flechsig, las almas examinadas, los reinos de Dios con sus diversas significaciones, posteriores y anteriores, superiores e inferiores, y por fin el Dios último, en el que todo parece al fin resumirse, instalándose Schreber al mismo tiempo en una posición megalomaníaca. Ya sea al comienzo del delirio, cuando está en juego la inminencia de una violación, de una amenaza contra su virilidad, sobre la que Freud puso todo el énfasis; ya sea al final cuando se establece una efusión voluptuosa donde se supone que Dios encuentra una satisfacción aún mayor que nuestro sujeto, el asunto es el siguiente, lo más atroz es que lo van a dejar plantado.

La traducción de ese liegen lassen no es mala, pues tiene sonoridades sentimentales femeninas. En alemán, está mucho menos marcado, y es también mucho más amplio, es dejar yacer. A lo largo de todo el delirio schreberiano, la amenaza de ese dejar plantado retorna como un tema musical, como el hilo de Ariadna que volvemos a encontrar en el tema literario o histórico.

Justo al comienzo, forma parte de las negras intenciones de los violadores perseguidores, y es lo que a cualquier precio debe evitarse. Es imposible no tener la impresión de que la relación global del sujeto con el conjunto de los fenómenos de los que es presa consiste en esta relación esencialmente ambivalente: cualquiera sea el carácter doloroso, pesado, inoportuno, insoportable de esos fenómenos, el mantenimiento de su relación con ellos constituye una necesidad cuya ruptura le sería absolutamente intolerable. Cuando ella se encarna, vale decir cada vez que pierde contacto con ese Dios—con quien está en relación en un doble plano, el de la audición y otro más misterioso, el de su presencia, vinculado a lo que llama la beatitud de la pareja, y sobre todo la de su pareja más que la suya—, cada vez que se interrumpe la relación, que se produce el retiro de la presencia divina, estallan toda suerte de fenómenos internos de desgarramiento, de dolor, diversamente intolerables.

Este personaje con el que tiene que ver Schreber en una doble relación, diálogo y relación erótica, distintas y sin embargo nunca disyuntas, se caracteriza también por lo siguiente: nunca entiende nada de lo que es propiamente humano. Este rasgo es a menudo acerado bajo la pluma de Schreber. Sobre las preguntas que Dios le hace para incitarlo a respuestas implícitas en la interrogación misma, que Schreber no se permite dar, dice: Se me tienden trampas demasiado necias. Schreber hace incluso toda suerte de desarrollos bastante agradablemente racionalizados acerca de las dimensiones de la certeza, y propone una explicación. ¿Cómo llegar a concebir que Dios sea tal que de verdad no comprenda nada de las necesidades humanas? ¿Cómo se puede ser necio hasta el punto de creer, por ejemplo, que si dejo un instante de pensar en algo, me he vuelto completamente idiota, o incluso que he vuelto a caer en la nada? Esto, empero, es lo que hace Dios, y se aprovecha de ello para retirarse. Cada vez que esto se produce, me dedico a una ocupación y manifiesto mi presencia. Para que Dios, a pesar de sus miles de experiencias pueda creer esto, tiene que ser verdaderamente ineducable.

Schreber hace sobre este punto desarrollos que están lejos de ser tontos, emite hipótesis, argumentos, que no desentonarían en una discusión estrictamente teológica. Siendo Dios perfecto e imperfectible, la noción misma de un progreso a través de la experiencia adquirida es totalmente impensable. El propio Schreber piensa, sin embargo, que este argumento es un poco sofisticado, porque esa perfección irreductible es completamente sorda a las cosas humanas. A diferencia del Dios que sondea los riñones y los corazones, el Dios de Schreber sólo conoce la superficie de las cosas, no ve más que lo que ve, y nada comprende de lo que es interior, pero como todo está inscrito en algún lado con lo que él llama el sistema de notación, en fichitas, al final, al cabo de esta totalización, estará de todos modos perfectamente al tanto de todo».



(Jacques Lacan, Seminario3 Las psicosis. Clase 9. Del sin-sentido y de la estructura de Dios. 1 de Febrero de 1956. Pág. 118, 121)




«Teseo probó el hilo de Ariadna La Obstinada
y desolvidó el dividido pero devuelto jet del partido
vieja jerigonza
jade negro del jadeo perpendicular
vid pendular en óleo seco
o teólogo vivido en penitencia
al que se desva la deriva
y me latió el delator
el bongo bingo que me dejó tambor
mordida de los doberman-gasolinera
la fuga semiótica del Bajtin saliendo al mercado
porque el viaje-viejo ya lo sabe
no un camino quizá sí la realidad».


(Otro día de mala suerte o Jazztás bluescando otra vez?, José Faustino Cruz)



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«Schreber no es poeta. (…) Podemos resumir la posición en que estamos respecto a su discurso cuando lo conocemos, diciendo que es sin duda escritor más no poeta. Schreber no nos introduce a una nueva dimensión de la experiencia. Hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro y dándonos la presencia de un ser, de determinada relación fundamental, lo hace nuestro también. La poesía hace que no podamos dudar de la autenticidad de la experiencia de San Juan de la Cruz, ni de Proust, ni de Gerard de Nerval. La poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo. No hay nada parecido en las Memorias de Schreber».



-Seminario 3.  Las psicosis. Jacques Lacan-








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